Saltando entre experiencias – Rayuela

Julio Cortázar

Mi primer encuentro con Rayuela fue en la escuela secundaria, ya viviendo en Argentina. En ese momento, el libro no logró atraparme. Quizás porque, como sucede con las grandes obras, llega su momento solo cuando estamos listos para leerlas. Muchos años después, durante mi primera visita a París, algo cambió. Mientras recorría sus calles, me sentí inmersa en esa ciudad que había sido el escenario de tantas páginas y emociones. Al caminar junto al Sena, recordé fragmentos de la novela y fue como si, de repente, esas palabras cobraran vida. Al regresar, decidí releer Rayuela, esta vez con una mirada diferente. Fue en esa segunda lectura donde encontré algo mucho más profundo; no era solo la historia de Horacio Oliveira, sino también una reflexión sobre mi propia vida. ¿Qué significa estar entre dos mundos? ¿Cómo construimos una identidad cuando todo lo que nos rodea cambia?

Cortázar no escribe una novela convencional; crea un laberinto literario, una invitación a jugar con el texto y con nuestras propias interpretaciones. La lectura de Rayuela refleja el carácter fragmentado de la experiencia migratoria, donde el orden y las certezas se disuelven, y cada paso requiere reconstruir significados. Cortázar nos lleva a explorar temas universales como el amor, la identidad, el arte y la eterna búsqueda de sentido, pero lo hace desde una estructura que rompe con las reglas. Leer Rayuela no es avanzar en línea recta; es saltar entre capítulos, entre emociones, entre preguntas. De la misma manera, la migración no es un viaje sencillo, sino un proceso de descomposición y recomposición constante.

La historia de Horacio Oliveira, un argentino que vive en París y oscila entre la bohemia de la capital francesa y sus raíces en Buenos Aires, encarna esta sensación de vivir entre dos mundos. París, con su promesa de libertad, se convierte para Oliveira en un lugar de soledad y aislamiento, mientras que Buenos Aires, que debería ser un refugio, le ofrece el peso de un pasado que ya no reconoce como propio. Su relación con La Maga, ambigua y apasionada, se despliega como un intento de conexión en medio del caos, pero también como un reflejo de su incapacidad para anclarse en un lugar o en una persona.

La experiencia de Horacio puede entenderse como una búsqueda interminable de un “Otro” que le otorgue sentido y validación, como plantea Lacan. París y Buenos Aires representan dos versiones de ese “Otro”. La primera, idealizada, lo separa de su propia identidad; la segunda, cargada de memoria y pertenencia, lo enfrenta a su incapacidad de reconciliarse con lo que dejó atrás. En ambos espacios, Oliveira se encuentra atrapado en un ciclo de alienación, repetición y deseo insatisfecho, que Lacan describe como inherente a la experiencia humana.

Rayuela nos habla del exilio, no solo físico, sino también emocional. Freud, en El malestar en la cultura, describe cómo las estructuras sociales imponen límites a nuestros deseos, generando una tensión constante entre lo que anhelamos y lo que logramos. En Oliveira, esta tensión es evidente, París lo enfrenta a la libertad, pero también a un vacío abrumador; Buenos Aires le promete reconexión, pero lo encierra en un laberinto de nostalgia. Esta oscilación , este salto entre mundos, resuena profundamente con la experiencia de las personas migrantes, quienes, como Horacio, deben construir una nueva narrativa mientras transitan entre culturas y pertenencias.

La estructura fragmentada de la novela es un reflejo del carácter no lineal de la migración. El viaje no es solo un desplazamiento físico; es una reconstrucción constante de identidad, una negociación con el pasado y el presente. La rayuela, ese juego infantil de avanzar y retroceder en busca de un “cielo” que nunca es definitivo, simboliza el proceso migratorio en toda su complejidad. No hay un destino final; lo que importa es el movimiento, la capacidad de adaptarse, de saltar entre cuadros y reconstruirse a cada paso.

Cuando migramos, como cuando leemos Rayuela, descubrimos que no hay un camino único. Cada salto entre idiomas, culturas o formas de ser nos obliga a repensar quiénes somos y qué queremos ser. Y al igual que el lector, la persona migrante encuentra su propio recorrido, muchas veces entre incertidumbres, fluctuando entre el descubrimiento y el crecimiento.

Al final, Rayuela no nos da respuestas. Nos invita a aceptar el caos, a jugar con lo incierto y a resignificar cada paso. La metáfora del juego, con su mezcla de azar y estrategia, nos enseña que lo importante no es llegar al “cielo”, sino el proceso mismo de saltar. En el contexto de la migración, esto adquiere un significado especial. Nos recuerda que lo esencial no está en el lugar al que llegamos, sino en cómo transitamos el viaje, en los lazos que construimos y en las nuevas formas de entendernos a nosotros mismos.

¿Y tú, alguna vez te has sentido entre dos mundos? ¿Qué significan para ti esos saltos entre lo conocido y lo desconocido?

Referencias:

  • Cortázar, Julio. Rayuela. Editorial Alfaguara, 2013.
  • Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. Alianza Editorial, 2012.
  • Lacan, Jacques. Escritos. Siglo XXI Editores, 2009.
  • Freud, Sigmund. Más allá del principio de placer. Alianza Editorial, 2012.

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