Cuando la muerte se tomó vacaciones – Las intermitencias de la muerte 

José Saramago

Hace algún tiempo, una amiga muy querida me dejó este libro mientras se preparaba para un viaje a Australia. Las intermitencias de la muerte, de José Saramago, llegó sin más y me tocó más de lo que podría haber imaginado. Desde que leí su premisa, un mundo donde nadie muere, quedé atrapada por la audacia con la que combina lo surrealista con lo profundamente reflexivo. Imagina un lugar donde, a partir del 1 de enero, la muerte deja de actuar. Nadie más muere; ni los ancianos, ni los enfermos, ni quienes agonizan. Lo que al principio parece una bendición, pronto se convierte en una fuente de caos y cuestionamientos sobre la vida, el dolor y las transiciones.

Este libro plantea una reflexión que conecta profundamente con la experiencia migratoria. La idea de un mundo detenido en el tiempo, donde lo que se deja atrás permanece inmutable, ofrece una promesa reconfortante que nunca se cumple. La vida avanza, las personas envejecen, los vínculos se transforman y, a veces, quienes solían ser hogar ya no están al intentar volver. La distancia crea su propia forma de ausencia, un duelo fragmentado, donde las despedidas son inconclusas y los ciclos, algunas veces, pueden quedar abiertos. Habitar este tiempo ambiguo exige resignificar lo perdido, entretejiendo el pasado con el presente para construir un sentido de pertenencia que abrace la constante transformación.

En la novela, Saramago plantea un escenario donde la ausencia de la muerte desordena profundamente las estructuras sociales, emocionales y económicas. Los hospitales colapsan con pacientes que no pueden sanar ni partir, las funerarias pierden su propósito, y las familias, atrapadas en la impotencia, cruzan fronteras buscando en otros territorios la muerte que su propio país les niega. Pero la muerte regresa, transformada. Ahora avisa con una semana de antelación, ofreciendo un tiempo único para reflexionar, cerrar pendientes y enfrentar el final desde una perspectiva renovada.

Este cambio en el ciclo de la vida recuerda que el duelo es un acto esencial para procesar las pérdidas y avanzar. Freud describe el duelo como una necesidad de integrar lo perdido en la narrativa interna, un proceso que permite resignificar el vínculo con aquello que ya no está. Para quienes migran, sin embargo, la distancia interfiere con este ciclo natural, despojándolo de los rituales de despedida que facilitan la elaboración emocional. En estos casos, el duelo se fragmenta y queda suspendido, como un eco distante que no se apaga del todo. Este vacío emocional, aunque tangible, no siempre encuentra una forma clara de ser abordado.

El caos generado por la ausencia de la muerte en la novela resuena con el estado suspendido que acompaña a muchas experiencias migratorias. La desconexión con el día a día del lugar de origen introduce una “intermitencia” emocional; las transiciones llegan desdibujadas a través de pantallas, desprovistas de la inmediatez y el calor de la experiencia. Cambios, pérdidas y celebraciones se sienten tardíos, cargados de una ausencia que no puede llenarse. Este desfase genera una sensación de desarraigo, como si las raíces permanecieran ancladas en un lugar inaccesible, mientras la vida avanza a otro ritmo.

En este espacio intermedio, lo conocido se vuelve distante, casi irreconocible. El lugar que se deja atrás continúa existiendo, pero avanza sin la presencia de quienes lo habitaron. Es como si las historias personales quedaran suspendidas, desplazadas a los márgenes, obligando a transitar un limbo entre lo que se fue y lo que aún no se termina de construir. Este constante desafío demanda resignificar las pérdidas, encontrar formas de integrarlas y reconciliarlas con las nuevas realidades. Saramago nos recuerda que, aunque la tentación de congelar el tiempo sea fuerte, la vida avanza, exigiendo adaptarse a sus inevitables transformaciones.

Cuando la muerte regresa en la novela, su retorno no solo restablece el ciclo natural, sino que también obliga a los personajes a confrontar la pérdida desde una perspectiva renovada. De manera paralela, la experiencia migratoria demanda aceptar que el lugar que se deja atrás cambia, al igual que quienes lo habitan. No se trata de detener el tiempo ni de aferrarse al pasado, sino de aprender a habitar el presente desde la distancia, transformando la ausencia en un puente hacia nuevas formas de conexión y significado.

El duelo, incluso fragmentado, puede encontrar formas creativas de expresión. Un objeto cargado de memoria, un gesto simbólico o un momento de introspección son maneras de integrar las pérdidas sin negarlas. La resiliencia no radica en la ausencia del dolor, sino en la capacidad de darle forma, encontrar maneras de vincularse con lo perdido y lo presente, incluso a kilómetros de distancia.

Así como la muerte en la novela devuelve equilibrio al ciclo de la vida, las transiciones personales y migratorias invitan a resignificar lo perdido. No se trata de detener los cambios, sino de abrazar el movimiento constante. Integrar las huellas del pasado permite transformarlas en pilares para sostener lo que somos y lo que estamos construyendo. En este proceso, la vida se redefine como un trayecto lleno de posibilidades, donde cada pérdida se convierte en un punto de partida hacia nuevas formas de pertenencia.

¿Qué gestos, objetos o recuerdos han sido esenciales para mantener viva la conexión con lo perdido? ¿Cómo se resignifican las despedidas y los nuevos comienzos en medio de la distancia?

Referencias:

  • Saramago, José. Las intermitencias de la muerte. Editorial Alfaguara, 2005.
  • Freud, Sigmund. Duelo y melancolía. En Ensayos de metapsicología. Alianza Editorial, 1917.
  • Freud, Sigmund. El malestar en la cultura. Alianza Editorial, 1930.
  • Lacan, Jacques. El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Paidós, 1973.
  • Said, Edward W. Reflexiones sobre el exilio y otros ensayos. Debate, 2008.

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