Hiro Arikawa
Recibí A cuerpo de gato como un regalo de Navidad, pero no fue hasta el verano, mientras viajaba sola por Grecia, que decidí leerlo. Lo que al principio parecía una lectura ligera me atrapó por completo. En un abrir y cerrar de ojos, terminé una historia que, sin pretenderlo, tocaba las fibras más profundas de mis emociones. Mientras recorría los paisajes griegos, me vi reflejada en el viaje de Satoru y Nana por Japón; ambos en un viaje de transformación emocional, marcado por las despedidas, el duelo y la libertad.
La historia de Satoru y Nana no comienza cuando suben a la furgoneta para recorrer Japón. Comienza mucho antes. Nana, un gato callejero adoptado por Satoru, se convierte en algo más que una mascota, es su compañero más leal y su ancla emocional. Lo que al principio parece ser un viaje en busca de un nuevo hogar para Nana, pronto revela una verdad más profunda; Satoru está gravemente enfermo, y el viaje es su manera de prepararse para despedirse, no solo de Nana, sino también de su propia vida.
Este viaje físico por Japón es también un viaje emocional que lo ayuda a reconciliarse con su pasado, con sus relaciones y, en última instancia, con la muerte. Freud, en su teoría del duelo, explica que para superar una pérdida, es necesario un desapego emocional gradual. En el caso de Satoru, este duelo es tanto por Nana como por sí mismo. A medida que visita a viejos amigos, se enfrenta a las versiones de su vida pasada que debe dejar atrás. Su migración interna es tan poderosa como la externa.
Nana, como observador, nos ofrece una perspectiva distinta. Vive el presente con serenidad, aceptando lo que viene sin la angustia de aferrarse al pasado. La novela capta esta tensión emocional con delicadeza, mostrando que la migración es también un proceso de transformación. Mientras Satoru lucha con la idea de soltar, Nana encarna la capacidad de aceptar lo inevitable con calma. El contraste entre ambos personajes refleja una lucha universal; el deseo de soltar frente al miedo de hacerlo.
Mientras Satoru intenta desesperadamente encontrar sentido en las despedidas, Nana, en su serenidad, actúa como el «yo ideal» de Satoru. Nana no necesita aferrarse, mientras que Satoru, como muchas personas migrantes, se encuentra atrapado en la resistencia al cambio, en la lucha por aceptar lo que no puede controlar. Este contraste subraya cómo, a veces, nuestras luchas internas reflejan el deseo de soltar lo que no podemos controlar, enfrentándonos a la resistencia interna que nos impide avanzar con serenidad.
A medida que avanzan en el viaje, Nana va siendo testigo de la aceptación de Satoru. Mientras este busca un hogar para su compañero, también busca reconciliarse consigo mismo. Este viaje físico se convierte en una poderosa metáfora de la migración emocional, ya que cada parada simboliza un paso más en la despedida que Satoru debe afrontar.
Uno de los aspectos más poderosos de A cuerpo de gato es cómo los paisajes japoneses se convierten en un reflejo del viaje emocional de Satoru. Las montañas, los ríos y las ciudades que atraviesan no son sólo escenarios; actúan como espejos de las emociones que Satoru está procesando. En la tradición literaria japonesa, la naturaleza es un espejo del alma, y aquí nos recuerda que el cambio es inevitable, que todo es transitorio y que, en ese proceso, también hay belleza. Arikawa utiliza el entorno como una herramienta literaria para mostrarnos la transformación interna de Satoru. Nos invita a reflexionar sobre nuestras propias migraciones, sobre los paisajes emocionales que recorremos en busca de aceptación y libertad.
El recuerdo se convierte en el verdadero hogar de Nana, donde los lazos con Satoru permanecen vivos. En la memoria, tanto el pasado como el presente coexisten, y nos recuerda que lo que dejamos atrás no desaparece, sino que nos transforma. Cada lugar que Satoru visita es un eco de su proceso interno, como tantas personas migrantes, está encontrando una nueva forma de habitar el mundo.
El proceso de migración implica soltar partes de nuestra identidad y de las versiones de nosotros mismos que ya no podemos sostener. En la búsqueda de un hogar para Nana, Satoru también encuentra un hogar dentro de sí mismo. En el contexto de la migración, el hogar es un lugar donde nos reconciliamos con nuestra historia, donde podemos integrar lo que dejamos atrás con lo que estamos buscando ser. Nana, como testigo de la transformación de Satoru, entiende que el verdadero hogar no es un lugar al que se va, sino una relación profunda y eterna que se lleva dentro.
Al final del viaje, no encuentran un nuevo hogar porque no hay necesidad de hacerlo; Nana permanecerá donde siempre ha pertenecido, en su vida y su memoria. La libertad de Nana radica en aceptar que, aunque Satoru se vaya, los lazos que construyeron permanecerán. Arikawa nos muestra que la vida está hecha de encuentros y despedidas, y que en cada uno de ellos hay una semilla de libertad. Satoru y Nana nos enseñan que dejar ir, aunque doloroso, es también una liberación. Migrar, como nos enseña A cuerpo de gato, no es solo moverse entre lugares, sino aprender a habitar espacios emocionales donde podamos reconciliarnos con lo que fuimos y con lo que somos. Al soltar lo que ya no podemos retener, descubrimos la libertad de reelaborar nuestro lugar en el mundo.
¿Has vivido alguna vez una experiencia que te haya transformado profundamente, ya sea en un viaje físico o emocional? Al igual que Satoru y Nana, todos enfrentamos momentos en los que debemos dejar atrás una parte de nosotros mismos para seguir avanzando. Comparte tu historia y reflexionemos juntos sobre cómo los viajes, tanto externos como internos, nos enseñan a reconciliarnos con lo que fuimos, mientras descubrimos nuevas formas de habitar el mundo y de ser nosotros mismos.
Referencias:
Arikawa, Hiro. A cuerpo de gato (2012). Madrid: Nube de Tinta.
Freud, Sigmund. Duelo y melancolía (1917). Obras completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.
Lacan, Jacques. Escritos (1966). Madrid: Siglo XXI de España.
Mizuno, Ayumi. «The Symbolism of Cats in Japanese Culture.» Asian Folklore Studies 65, no. 1 (2006): 45-62.



