Albert Camus
Este clásico de Albert Camus llegó a mis manos cuando me había quedado sin libros en plena pandemia. Por alguna razón, durante años lo había evitado, como si su historia me repeliera. Finalmente, en un contexto de aislamiento, la historia de Meursault, su desconexión y su apatía resonaron en mí de una manera inesperada. Parecía que esta historia estaba esperando el contexto perfecto para revelarse con toda su crudeza.
El extranjero presenta a Meursault, un hombre que vive en constante desconexión con el mundo que lo rodea, sin emociones ante los eventos más decisivos de su vida, como la muerte de su madre. En el funeral, su actitud apática revela lo que Freud describiría como una “anestesia emocional”, una defensa inconsciente que lo protege de una realidad que, para él, no tiene sentido. Meursault habita su vida con una indiferencia absoluta, casi como si fuera un “forastero” en su propia existencia, observando su vida desde “otro” lugar.
Este estado emocional puede interpretarse como una especie de “migración interna”, un desarraigo no geográfico, sino psicológico. Como ocurre con quienes experimentan una migración, Meursault vive en un entorno que le resulta ajeno, y su respuesta es el desapego emocional, la falta de reacción ante las expectativas de los demás. Freud lo vería como una defensa frente a un entorno que percibe como hostil. Él no intenta cambiar ni comprender el mundo a su alrededor; simplemente lo observa, como un “extranjero” que no tiene ni busca un lugar propio.
A medida que la historia avanza, Meursault se convierte en el protagonista de un acto extremo e inexplicable; mata a un hombre en una playa sin razón aparente, como si un impulso súbito, una “pulsión de muerte” freudiana, lo llevará a romper con lo poco que lo mantiene atado a la vida. Este impulso destructivo puede interpretarse como una liberación inconsciente, una ruptura con el universo de expectativas y normas que él no comprende ni desea comprender. Para Lacan, este acto podría verse como una forma de desintegración del “yo”, una negación de la identidad que otros esperan de él, similar al proceso por el que atraviesan aquellos que migran y deben desafiar las normas que les imponen, enfrentándose muchas veces al rechazo social.
Tras el crimen, Meursault se enfrenta a un juicio en el que no solo se juzga su acto, sino también su carácter, su incapacidad para ajustarse a lo que la sociedad espera de él. En el juicio, su falta de emoción ante la muerte de su madre y su incapacidad de expresar arrepentimiento se vuelven más importantes que el acto mismo de matar. Este juicio es una condena a la otredad de Meursault; la sociedad lo juzga porque no cumple con sus normas, porque no “pertenece”. En su rol de “extranjero”, Meursault encarna una otredad que la sociedad busca erradicar o castigar.
Finalmente, en prisión y ante su inminente muerte, Meursault alcanza una paz inesperada, un momento de lucidez en el que acepta el absurdo y la indiferencia del universo. Al igual que muchos migrantes que, tras años de exilio, encuentran un sentido de pertenencia en su propia identidad, Meursault se reconcilia con su condición de “extraño”, aceptando que su vida, sin un sentido impuesto, le pertenece solo a él. Esta aceptación es, en el fondo, una liberación, ya que le permite abrazar su extranjería, encontrando así su verdad, libre de las etiquetas o juicios que la sociedad le ha impuesto. En esta reconciliación final, Camus nos muestra la libertad que reside en la autenticidad, en la aceptación del absurdo y en la renuncia a las expectativas sociales.
El extranjero es un espejo que refleja la incomodidad que sentimos ante la vida cuando no encajamos en sus moldes. La figura de Meursault, con su rechazo a buscar un sentido impuesto, encarna esa “migración emocional” que experimentan aquellas personas migrantes, cuando deben adaptarse a un mundo que no les es propio. ¿Cuántos de nosotros, al igual que Meursault, hemos sentido el vacío que deja el desapego emocional? Este vacío puede ser, sin embargo, una invitación a aceptar la vida tal como es, sin adornos, sin las imposiciones de pertenecer.
Camus, a través de su estilo desnudo y directo, nos plantea una pregunta fundamental ¿Qué significa realmente vivir y pertenecer? En la indiferencia de Meursault y su aceptación del absurdo, encontramos una forma de paz en el desarraigo, en la otredad. Porque la libertad no radica en encajar, sino en aceptar quiénes somos en lo más profundo, en reconciliarnos con nuestras propias migraciones internas y en construir un sentido propio, aunque sea en un universo indiferente. La obra nos recuerda que, de algún modo, todos somos “extraños” en nuestra propia vida y que esas migraciones emocionales nos enfrentan, una y otra vez, a nuestras propias incertidumbres y a la oportunidad de descubrir quiénes somos en lo más profundo.
Referencias:
Camus, Albert. El extranjero. Editorial Gallimard, 1942.
Freud, Sigmund. Más allá del principio del placer. Editorial Amorrortu, 1920.
Freud, Sigmund. El yo y el ello. Editorial Amorrortu, 1923.
Lacan, Jacques. Escritos. Editorial Siglo XXI, 1966.
Said, Edward W. Reflexiones sobre el exilio. Editorial Debate, 2002.Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada. Editorial Gallimard, 1943.



