Antoine de Saint-Exupéry
El Principito es un libro particularmente importante para mí porque marca el inicio de mi camino migratorio, fue el primer libro que leí en español. Aunque escribo, hablo y habito en este idioma con fluidez, mi lengua materna es el portugués, y no fue hasta mis doce años que empecé a leer en español. Desde entonces, lo he leído en múltiples idiomas, y con cada lectura descubro nuevas capas de significado, como si la obra creciera conmigo, adaptándose a mis propios viajes y transformaciones.
La historia del Principito comienza en su pequeño planeta, un hogar sencillo pero cargado de significado. Un espacio conocido, lleno de rutinas y una única rosa que, aunque caprichosa, es también su mayor conexión emocional. A pesar de ello, ese lugar que tanto ama no puede contener su curiosidad, y decide partir en busca de algo más. Este impulso inicial es universal para quienes han migrado; dejar atrás lo familiar no es solo una elección, sino una necesidad que nace del deseo de explorar nuevos horizontes, encontrar respuestas o perseguir sueños que parecen estar más allá de lo que conocemos.
En su viaje, el Principito se encuentra con personajes que encarnan distintas facetas de la vida adulta; un rey atrapado en el ejercicio solitario del poder, un hombre de negocios obsesionado con poseer sin disfrutar, un vanidoso que vive para el aplauso vacío, entre otros. Estos encuentros, a la vez poéticos y críticos, evidencian las contradicciones humanas. De una forma sutil pero contundente, la obra nos recuerda las trampas de la vida moderna; la acumulación, el ego y la desconexión con lo esencial. Para quienes hemos migrado, estos personajes son espejos de las preguntas que enfrentamos al llegar a un nuevo contexto. ¿Cómo equilibramos lo que dejamos atrás con las nuevas demandas del lugar al que llegamos? ¿Qué priorizamos?
En la Tierra, el Principito descubre las lecciones más profundas. Allí conoce a un piloto, que se convierte en su confidente, y al zorro, quien le enseña que “domesticar” no es solo crear lazos, sino transformar esos vínculos en algo único e inolvidable. Para las personas migrantes, esta idea resuena profundamente. Al llegar a un nuevo lugar, enfrentamos el desafío de construir relaciones significativas en medio de un contexto desconocido. Esos lazos se convierten en puentes entre lo que dejamos atrás y lo que estamos construyendo, anclas emocionales que nos ayudan a integrar nuestras experiencias y encontrar un sentido de pertenencia.
La partida del Principito de su planeta puede interpretarse como una metáfora del acto de migrar. Dejar su hogar no significa que deje de amar a su rosa o de valorarla; más bien, es un acto de fe, un salto hacia lo desconocido que implica tanto pérdida como crecimiento. En este proceso, su vínculo con la rosa no desaparece, sino que se resignifica. Lo mismo ocurre con quienes migran, ya que, aunque físicamente se alejan de sus lugares de origen, los recuerdos, las relaciones y las raíces se convierten en parte esencial de su identidad, un legado emocional que llevan consigo a donde vayan.
El duelo atraviesa toda la historia del Principito, especialmente en su relación con la rosa. Freud describe el duelo como un proceso en el que la energía afectiva se retira del objeto perdido y, con el tiempo, se reinvierte en otros vínculos significativos. Este proceso no es lineal, y en el caso del Principito, vemos cómo enfrenta la pérdida de su rosa mientras busca resignificar ese vínculo. Este ciclo no implica un olvido, sino una transformación. Lo que inicialmente parecía una fuente de apego y conflicto se convierte en una conexión más profunda y consciente, que lo acompaña en su trayecto. Este proceso refleja el trabajo psíquico que muchas personas migrantes enfrentan al lidiar con las pérdidas del desarraigo; recordar lo que dejaron atrás, transformar esas conexiones en nuevos significados y construir una narrativa que integre lo viejo con lo nuevo.
La rosa, desde la perspectiva de Donald Winnicott, puede interpretarse como un objeto transicional. Es un vínculo simbólico que permite al Principito mantener una conexión emocional con su origen mientras enfrenta lo desconocido. Para las personas migrantes, estos objetos transicionales pueden ser recuerdos, costumbres o incluso gestos familiares que actúan como refugios emocionales durante el proceso de adaptación. No buscan sustituir lo perdido, sino integrarlo como parte de una nueva identidad.
La conexión con el zorro refuerza esta idea de transformación. “Domesticar” no es solo un acto de cercanía, sino un proceso de resignificación que da lugar a vínculos únicos e irrepetibles. En el contexto migratorio, domesticar el entorno implica aprender a adaptarnos, construir nuevas relaciones y encontrar un sentido de pertenencia en medio de lo desconocido. Es un proceso que requiere tiempo, paciencia y voluntad, pero que, al igual que en la obra, da lugar a conexiones que nos permiten transformar la incertidumbre en un espacio propio.
El vínculo del Principito con su rosa atraviesa todo su viaje, transformándose con cada experiencia vivida. Sin embargo, no es hasta que comprende el significado de “domesticar” que su relación encuentra una resignificación. Lo que parecía ser solo una despedida dolorosa se convierte en una certeza, la rosa es única e irremplazable gracias al vínculo creado a través del cuidado.
La experiencia migratoria, como el viaje del Principito, no es solo un movimiento físico, sino una búsqueda interna. En este proceso, el hogar deja de ser un punto fijo para convertirse en una construcción simbólica que llevamos con nosotros. Recordamos con nostalgia lo que fue, revivimos dinámicas pasadas en nuevos contextos y, finalmente, resignificamos esos lazos desde la experiencia. Lo que parecía una pérdida se convierte en un anclaje emocional, no para detenernos, sino para avanzar con una nueva comprensión de lo que significa pertenecer.
El Principito no es solo un cuento infantil, sino un relato atemporal que, con un lenguaje sencillo y cargado de simbolismo, explora las tensiones humanas de pertenencia, amor y pérdida. En el contexto de la migración, sus enseñanzas adquieren una dimensión especialmente relevante. La frase “lo esencial es invisible a los ojos” nos recuerda que el verdadero sentido de nuestros viajes no se encuentra en el destino físico, sino en las conexiones humanas que construimos en el camino.
¿Qué significan para ti los vínculos, los duelos y las transformaciones que trae consigo el acto de migrar?
Referencias:
- Saint-Exupéry, Antoine de. El Principito. Editorial Salamandra, 2004.
- Freud, Sigmund. Más allá del principio de placer. Alianza Editorial, 2012.
- Klein, Melanie. Envidia y gratitud y otros trabajos (1946-1963). Paidós, 1991.
- Lacan, Jacques. Escritos. Siglo XXI Editores, 2009.




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